viernes, 19 de septiembre de 2014

LA BICICLETA

“”Palita”, tal era su apodo, solía sonreír muy poco y reír casi nunca. Llegaba a la escuela muy temprano siempre sobre su vistosa bicicleta “balona” de color celeste metalizado, a la que trataba con esmero obsesivo. La había adornado con cintas de colores diversos que colgaban de dos enormes espejos colocados en el manubrio. Tenía luces y “ojos de gato” por todas partes incluso se alumbraba de noche con un faro alimentado con una dínamo. También lucía una luz posterior y jamás se permitía apoyarla a las paredes para lo que tenía colocado un parador a resorte que  la sostenía por la eje central, así evitaba que se dañen las manoplas o el forro del asiento al recostarla.

No me había contado si le había puesto algún nombre pero quiero suponer que lo había hecho. No podía ser de otra manera.

Siempre estaba impecablemente vestido, con camisas blancas de mangas largas, -con los puños desprendidos- cuello alto, jean y zapatillas. Cuidaba su aspecto y sus formas como de su “bici”. Respetaba a todos y participaba muy poco de las actividades sociales.

Había accedido a la escuela para adultos después de mucho tiempo de ausencia. Ya estaba en los grados superiores de la escuela primaria, por lo que se le asignó 3ª Etapa de las escuelas para jóvenes y adultos. Se advertía que era aplicado y responsable con sus tareas y le dedicaba a los estudios más tiempo que el que seguramente le daban sus compañeros. Y lo que era muy agradable aún para los docentes, era que se comportaba como  un “señor”.

Se acercaba en silencio al escritorio donde yo esperaba a los alumnos. Me saludaba afectuosamente pero evitaba extender su mano para saludar.

 Charlábamos de cosas simples, de fútbol –lo apasionaba y era hincha de River- de la familia que tenía, muy numerosa por cierto. De sus hermanas y hermanos hasta que arribaban sus compañeros y buscaba su asiento, siempre en el mismo lugar junto a la ventana del fondo.

Su padre era empleado Municipal de trabajos rudos y de trato más rudo aún. Es fácil imaginar que en una vivienda familiar, de los barrios que construyen los sucesivos gobiernos, no debe ser fácil acomodar una familia de diecisiete personas entre grandes y chicos. Poner la mesa y hacer que todos lleven un bocado a la boca.

Seguramente eso explicaba los reiterados castigos a los que sometía su padre a él y sus hermanos.. Palita renegaba de ello y reconocía que varias veces hubo peleas en la familia en razón de la ingesta de alcohol -especialmente por parte del progenitor- que siempre culminaba en una reacción de sus hermanos mayores cuando amenazaba a su madre.

Así, casi con monosílabos, fuimos construyendo una idea de su historia familiar y una hermosa amistad  durante ese primer año compartido  que preservábamos casi con egoísmo.

Su gesto adusto era una constante y era un desafío para mí arrancarle alguna carcajada o una risa distendida. Y, aunque a veces lo lograba, mantenía siempre una virtual distancia con todos -yo incluído– y para con  los compañeros, incluso con uno de sus diez hermanos que asistía a la escuela.
¿Era un chico serio o era un chico triste?  

Era el verano del año ·81, y el calor empujaba a todos bajo la sombra de los árboles o a la laguna más cercana. Palita vivía a escasos metros del Riacho Barranqueras y con toda la barra de chicos se acercaban a zambullirse en sus aguas buscando refrescarse. Los juegos no estaban exentos y los riesgos tampoco. De allí las reiteradas recomendaciones de sus progenitores respecto de las profundidades del curso de agua por el que transitaban barcos y balsas de calado diverso.
Cada tanto se sucedían las crecientes -períodos de cinco o diez años- por lo que se había dispuesto la construcción de un sistema integral de defensas contra inundaciones, un anillo de terraplén de enorme altura que preservaba a la ciudad del riesgo de aquellas, sobre todo a las familias más humildes que vivían en las cercanías del rio.

Su altura era tal que desde el barrio ya no se veía el río. Solo una enorme pared de suelo que se esperaba sirviera a sus propósitos. Las aguas de lluvias se quitarían desde las zonas bajas con equipos de bombeo de enorme caudal por encima del mismo terraplén.

La línea  de alta tensión que pasaba sobre él iba hacia la toma, lugar de la costa donde tenía lugar el bombeo con equipos de norme caudal -y que le daba al barrio su nombre- hacia los piletones de decantación desde donde la empresa estatal alimentaba todo el sistema de distribución de agua potable a media provincia acueducto mediante, había quedado a baja  altura respecto de la rasante del muro de suelo.

Aún así, nadie podía imaginar que allí tendría -días después– lugar una tragedia. Nadie que no conociera a los chicos de las barriadas.
La gomera y las boleadoras de alambre y bochas de plomo en los extremos, eran algunos de tantos “juguetes” peligrosos que esgrimían los chicos en sus juegos. La proximidad de la red de alta tensión, ahora a pocos metros de altura, fue una tentación. Se repitieron los intentos una y otra vez, hasta que lograron enredar las boleadoras. Los alambres puentearon las faces y las explosiones y los chispazos sonaron como estampidos; primero como corolario de la osadía. Después de la diversión la sorpresa y el asombro. Alguien gritó de dolor y todos entraron en pánico. Palita, alcanzado por la descarga,  quedó desvanecido en el suelo.

Enseguida llegaron los vecinos alertados por los gritos en ayuda de los chicos que lloraban desconsolados y aturdidos. Corrieron a socorrer a Palita que no se movía y permanecía boca abajo a varios metros del episodio. Solo cuando lo dieron vuelta tuvieron real dimensión de la tragedia. Pudieron ver que las manos, parte de los brazos, el cuello -justo debajo del mentón- y el pecho despellejados y en carne viva. La piel había desaparecido como si nunca  hubiera estado allí.

Estaba casi sin vida cuando lo auxiliaron para llevarlo al hospital donde apenas reaccionó y en virtud de las quemaduras en todo el cuerpo, se dispuso el traslado al Instituto del Quemado en Buenos Aires.  Allí permaneció mucho tiempo, tanto que ya ni lo recordaba. Se hizo amigo de todos en el hospital y de a poco fue recuperándose en la medida de lo posible. Se sucedieron los injertos de piel –uno tras otro- para devolverle su aspecto a las áreas dañadas. Seguramente, pocos reparaban entonces en lo que sobrevendría. Lo importante era su recuperación, y eso iba produciéndose.

A su regreso, nada le fue fácil. Las dificultades en el seno de la familia, los reproches, los castigos fueron forjando el gesto adusto y de tristeza que lucía ahora. Las cicatrices fueron  tomando un aspecto difícil de explicar y de aceptar, al menos para él.  Se convirtieron en escamas o cascarones que impresionaban y que él sabía ocultar muy bien bajo las mangas de la camisa o el cuello levantado. Nunca lucía playeras o prendas que dejaban partes afectadas del cuerpo al descubierto.

Las atenciones de que disfrutaba cuando permanecía internado, quedaron atrás una vez que hubo regresado. Su vida fue recuperando las rutinas y lo único que no estaba dispuesto a recuperar era su asistencia al colegio. El hogar era su mejor refugio y poco podían hacer sus familiares por sacarlo de su ostracismo. Pasaba horas solo en su habitación que –aunque compartida- fue ganando para sí con gestos de agresividad creciente.  Los hermanos se fueron alejando y enseguida se ganó la indiferencia de todos o el maltrato en el  seno  familiar.

 Ya era uno más,  aunque haya pasado por todo aquello y  debería convivir  –o aprender a convivir- con todas las cicatrices visibles, por el resto de sus días. Las visibles y las que le fueron minando el alma.

Desde su regreso a la escuela, sus progresos fueron evidentes. Su trato distante y huraño con docentes o compañeros fueron cediendo. De a poco se lo veía discurrir con algunos y solo las “chicas” quedaban a buena distancia de su humor. Se podía decir que estaba más sociable y –en apariencia- de  mejor ánimo.

Los viernes habíamos coincidido -con las autoridades y los colegas- en la necesidad de organizarles a los alumnos alguna comida que les ayudara a sortear un largo fin de semana con muchas privaciones. Solían sostenerse a mate dulce; algunos con lo que habían logrado pescar de lo que luego algo vendían y lo que les obligaba a pasar las noches embarcados.

Dispusimos que fuera un guiso de arroz con menudos de pollo, lo que seguramente no era cosa frecuente en sus mesas, algunas papas que acercaban los docentes, algún alumno, cebollas, zanahorias y todo lo que supone un buen guisado.

Yo sería el chef del primer intento y fue tal el éxito que en lo sucesivo, los propios chicos con nuestra ayuda ensayaban en la cocina y se sentían felices de hacerlo.
Adivinábamos que eso sucedería. Había familias muy carecientes de todo, incluído el afecto. Después, no faltaban jamás los días viernes para nuestro placer y la de todos.

Al regreso, los días lunes de la semana siguiente, siempre tenían cosas para contar.  Por lo general eran de tinte  violento, ya sea por las peleas entre los jóvenes, en algún cumpleaños o fiesta que hubiera en el barrio o porque sencillamente disfrutaban en hacerlas. Los encuentros deportivos acababan en el hospital para algunos, y en sede policial para el resto. Era una convivencia cada vez más difícil de restablecer o llevar a la normalidad.

La ausencia a clases de alguno de ellos, siempre se vinculaba a cuestiones como las apuntadas. Bastaba con preguntar y ver en la mirada de los presentes, el temor “a contarlo” por posibles represalias o sencillamente porque habían sido parte de la refriega y salvaron sus pellejos. Los extrañaba y durante los días sin clases, siempre pensaba en ellos. De algún modo uno se mete en sus vidas y sufre o ríe con ellos.

Sonó el teléfono y alguno de los hijos atendió;

-Papá ¡es para vos!- me dijo.
-Quién es – pregunté  y sólo balbuceó algo como de un accidente de un alumno tuyo. Llegué al teléfono con  el temor de siempre y desee que no haya sido nada grave.
Del otro lado de la línea alguien que no dio su nombre me gritaba:
-¡Palita! Profe… ¡Palita se mató! …se mató !  dijo y colgó.

Tardé unos pocos minutos en reaccionar y solo unos mas en llegar al barrio. Desde la casa de mi amigo “Palita” me hicieron señas para que continuara  por el costado del terraplén. Vi que todos lloraban y se abrazaban y algunos chicos corrían al lado del auto tratando de ponerme al tanto de lo sucedido.

Iba como aturdido con la vista perdida buscando  el lugar de la tragedia. Pensaba mil cosas a la vez y –pese a que sabía el final- rogaba  que no sea cierto. Las luces del móvil policial me devolvieron a  la realidad. Su presencia respondía –seguramente- a lo acontecido con “Palita”.

Cuando me detuve y bajé del auto vi algunas carrocerías de autos viejos oxidándose entre los yuyos. En un claro de gramilla muy corta preservado con cintas policiales, vi el cuerpo boca debajo de mi amigo. Estaba sin camisa y las cicatrices estaban al descubierto. Eran impresionantes…

-¿Qué pasó, oficial?-pregunté.
-Se ahorcó con un cable de la carrocería aquella que se ve allí- me dijo. Se ve que se ató y se dejó caer con su peso y no hizo nada por evitarlo.
-Pero…murmuré.
El oficial atribuyó tamaña determinación a una pelea que tuvo con su padre por la bicicleta. Los hermanos se la habían usado sin su autorización lo que lo enojó muchísimo. Para colmo -agregó- estaban tomando y llovieron las bromas pesadas y algunas burlas. Y no lo soportó.

Para terminar, y como si ya no fuera suficiente para  lastimar a Pala, la desarmó,  y se la colgó de un gajo de un paraíso en el patio de la casa.

Contaban que Pala no dijo ni una sola palabra. Se hizo de un grueso cable eléctrico y salió de la casa a paso firme. Nadie imaginó adónde ni nadie tampoco se lo preguntó… 

El absurdo de los absurdos terminó con la vida de mi amigo, de un hijo, de una persona entrañable.
Le pedí que lo dieran vuelta y entonces le vi el rastro del cable ceñido a su cuello. Los ojos extraviados, fuera de sus órbitas, pero casi sin un gesto de dolor.

Sentí que las lágrimas me rodaban por las mejillas y un sabor amargo me inundó la boca. Yo sabía que algo podía sucederle. Jamás pensé que fuera algo así. Y había elegido un lugar próximo al del accidente que le marcara la vida para siempre. Y un cable…

En ocasiones los maestros logramos granjearnos el afecto de alguien que notamos que lo precisa. Nos acercamos lo más posible casi sin que se diera cuenta.  Esto  ocurre y se logra solo después de mucho tiempo y de mucha paciencia. Lo hacemos porque lo sentimos como a un hijo que nos necesita pero no sabemos si lo hacemos bien. Lo hacemos…

Cuando uno comprende que pudo ayudar y  no lo hizo;  que nos metimos en sus vidas para saberlo todo pero no nos dejan o no supimos cómo;  cuando sabemos que en sus propias casas duermen con el enemigo y uno no pudo llegar a tiempo  se nos clava una pena que nos acompaña por el resto de nuestras vidas.

Desde entonces, toda vez que  veo rodar una bicicleta semejante a la de Palita, imagino a mi amigo llegando al portal de la escuela, dejarla donde siempre y decir con voz pausada:
-¡Hola Profe!  ¿Vió que ganó Ríver?



viernes, 25 de enero de 2013

EL PEZCADO



EL MIMBRE APARECIA COMO LA MEJOR OPCIÓN PARA CONSTRUIR  EL  BASTIDOR.  TENDRÍA  FORMA DE  “PACÚ”, ESPECIE DE NUESTROS RIOS MUY APRECIADA  POR SU CARNE,  DE FORMA OVAL  Y DE  BRILLOSO  ESCAMADO  QUE RESPONDIA  A NUESTROS PROPOSITOS Y LA QUE   MEJOR SE  ADAPTABA EN APARIENCIA.  ADEMAS, TENIAMOS POCO TIEMPO Y ESCASO DINERO, CLARO…
DEBIA  SER LO SUFICIENTEMENTE AMPLIA  - ALTA  SOBRE TODO- PARA PERMITIR QUE LOS CHICOS CAMINARAN  OCULTOS EN ÉL -ARRASTRANDO LA PIEZA  MIENTRAS   SE DESARROLLABA EL JUEGO-   OBSERVANDO EL ESCENARIO  A TRAVES DE LA BOCA DEL ANIMAL.
DEBIAN SER DOS Y LO MAS LIVIANAS POSIBLES.  REPRODUCIR  LO MAS AJUSTADAMENTE AL PEZ, PARECÍA EN PRINCIPIO MAS SENCILLO DE LO QUE RESULTÓ.  LA CONSTRUCIÓN DE LAS FORMAS DE CURVAS CERRADAS EN OTROS MATERIALES, SE VIERON DIFICULTADAS POR DIFERENTES CAUSAS  POR LO QUE LOS DESCARTÓ AL CAÑO ESTRUCTURAL Y EL HIERRO EN CUALQUIER DIÁMETRO.  LA OPCIÓN DEL MIMBRE  RESULTO IDEAL.  ACCESIBLE, ECONÓMICO, LIVIANO Y CON SUFICIENTE RESISTENCIA PARA EL ESFUERZO A QUE SERÍA SOMETIDO.  ADEMAS IRÍA REVESTIDO DE LONA ARPILLERA PINTADA -SEGÚN SEA-  LO QUE OCULTARÍA LA ESTRUCTURA.
ES UN RECURSO NATURAL MUY EXPLOTADO EN LOS AÑOS ·30 EN LAS ISLAS DEL DELTA. SE REPRODUCE ABUNDANTEMENTE, ES FLEXIBLE Y RESISTENTE A LA TORSIÓN. SE EMPLEA EN UNA MULTIPLICIDAD DE ARTESANIAS MUY CURIOSAS POR SUS FORMAS, FUERTES Y DE SINGULAR ASPECTO, A  LA VEZ QUE  RESULTA MUY MALEABLE.
LOS HERMANOS SMITH -AMBOS CIEGOS- TENIAN UN TALLER DE MIMBRERÍA CERCA DE MI DOMICILIO. FUE SENCILLO UBICAR SU CASA A POCOS METROS  DE UNA CASTIGADA LAGUNA, ATIBORRADA DE DESHECHOS  DE TODA CLASE Y CERCA   DEL CENTRO DE LA CIUDAD-  PORQUE EN SU PATIO ANTERIOR  SE ADVERTÍA REMANENTES DEL MATERIAL .
A TRAVÉS DE LAS VENTANAS Y PUERTAS DESVENCIJADAS TAMBIEN SE PODIAN  VER  ALGUNOS PRODUCTOS -YA TERMINADOS- COMO ENORMES CANASTOS, SILLAS Y SILLONES… QUE ESPERABAN PARA  SER LLEVADAS A LAS EXPOSICIONES O COMERCIOS DE TODA LA REGION, INCLUSO  DE TODO EL PAIS.
SE DESTACABAN POR SU FINA TERMINACION  TERMINACIÓN Y BUEN GUSTO Y   COSTABA CREER QUE ERAN CONSTRUIDAS POR LAS  MANOS DE UN CIEGO.  O DOS.
LA SEÑORA QUE ME ACOMPAÑABA ME DEJO FRENTE A SU ESPOSO. CON VOZ FIRME Y CALIDA A LA VEZ.  LE DIJO QUE ESTABAMOS ALLI DE VISITA Y QUE QUERIAN SABER  -SI LES PODÍA CONSTRUIR-  UN BASTIDOR DE CURIOSAS FORMAS.
DICHO  ESTO  SE MARCHÓ.  OSCAR  -ASI SE LLAMABA SU ESPOSO – SIGUIÓ  CON SU LABOR  CONVENCIDO DE QUE LAS VISITAS NO INTERRUMPIRÍAN.  
CON LA MANO DERECHA  TOMABA UNA DESDE EL MONTON DE VARILLAS QUE HABÍA  DE ESE COSTADO, LA REVISABA  SABIAMENTE Y LA DEJABA  CAER A  SU IZQUIERDA, EN OTRA PILA COMO CLASIFICÁNDOLAS…
EL ESTABA SENTADO SOBRE UN TACO DE MADERA -CÓMODO EN APARIENCIA- DE GRANDES DIMENSIONES Y PARECIA SONREIR  PERMANENTEMENTE.  ERA DE PIEL MUY BLANCA Y   SEMI CALVO.  EN SU ROSTRO ENJUTO SOBRESALÍAN LOS PÓMULOS Y SUS ENORMES DIENTES.  SUS OJOS ESTABAN ENTRE ABIERTOS Y CUBIERTOS DE LA PIEL  QUE SE ADVIERTE EN CASOS DE CEGUERA.
--SIÉNTESE-  DIJO SIN DETENERSE.  -QUE ANDA BUSCANDO?  - AGREGÓ.
SOLO ENTONCES PUDE TOMAR CONCIENCIA DE LA SITUACIÓN. TITUBEANDO COMENCE A EXPLICARLE  LAS FORMAS DEL BASTIDOR  QUE PRECISABA Y ME SENTARA ANTE ÉL Y OBJETO DE LA VISITA.
--QUIERO…HACER UN BASTIDOR DE DOS AROS…QUE TENGA…UN METRO Y MEDIO...DE  DIÁMETRO…QUE SE JUNTEN  EN LA PARTE SUPERIOR Y …
YO MOVIA LAS MANOS COMO SI PUDIERA VERLAS,  TRATANDO DE SER LO MÁS CLARO POSIBLE.  EN TAMAÑA OSCURIDAD APORTAR UN CACHO DE “LUZ” ERA UNA UTOPÍA.  A DECIR VERDAD, ERA YO  QUIÉN NO PODÍA VER.
OSCAR, MIENTRAS ME ESFORZABA EN EL RELATO, HABIA TOMADO UNA DE LAS VARILLAS Y COMENZO A MOLDEARLAS COMO CASUALMENTE MIENTRAS SOSTENIA SUS OJOS BLANCOS SOBRE MI  COMO SI ME OBSERVARA ATENTAMENTE.
DEBE HABER ADVERTIDO MI NERVIOSISMO PORQUE DIJO:
--HABLE, HABLE TRANQUILO….
--SI PERO…-MURMURE-
--YO LO ENTIENDO. CONTINUE -  INSISTIO.
YA UN TANTO MAS TRANQUILO PUDE COMPLETAR –EN LARGA EXPLICACION-  LO QUE PRETENDIA. HABIA LLEVADO UN DIBUJO QUE ME SIRVIERA DE GUIA PERO LO DEJE DE LADO INEXORABLEMENTE.
--SON  DOS AROS UNIDOS  EN UN PUNTO DE SU PARTE SUPERIOR Y QUE POR DEBAJO SE SEPAREN POCO MENOS DE UN METRO. ALLI ESTARÍAN ATADOS A  OTRO   HORIZONTAL- ME PARECIA TAN SENCILLO!
--EN MEDIO  –CONTINUÉ-   COMO EN UNA VELA DE LAS TABLAS DE SURF Y  UNA VARLLA QUE LES PERMITIRIA A LOS CHICOS MANEJARLAS DURANTE EL DESARROLLO DE LAS  COMPETENCIAS, QUE VINCULABA A LOS AROS A LA MITAD.
OSCAR SEGUIA MOVIENDO LAS MANOS CON TANTA HABILIDAD Y SABIDURIA QUE CON FRECUENCIA INTERUMPIA MI RELATO PARA VERLAS TRABAJAR,  Y CONTINUAR TRAS EL ASOMBRO.
SENTIA MUCHO MAS CALOR DEL QUE SUPONÍA AQUELLA TARDE DE PRIMAVERA.  TRANSPIRABA LA PLAYERA MUCHO MAS DE LO HABITUAL Y  CUANDO SUPUSE QUE CON LO EXPUESTO HABIA SIDO  SUFICIENTE HICE UNA PAUSA.  OSCAR  PREGUNTÓ:
-¿LLEVARA RUEDAS?
REÍ  SIN DISIMULAR MI SORPRESA… Y CONTESTE:
-SI… ESTE… SI   ¡CLARO!  LO HABÍA OLVIDADO.
LLEVÓ  AMBAS MANOS HACIA MÍ SOSTENIENDO  UNA MAQUETA DEL BASTIDOR  TAL COMO SE LA HABÍA “TRATADO” DE EXPLICAR.  LA VARILLA  QUE TRABAJABA DURANTE MI CHARLA HABÍA TOMADO LAS FORMAS DEL PEZ.
-USTED BUSCA ALGO ASI? PREGUNTÓ SIN DEJAR DE SONREÍR.
NO LO PODIA CREER.  AHORA  SI  LO “VEIA”. OSCAR SONREIA COMO TODO EL TIEMPO ADIVINANDO MI CONFORMIDAD.
CONVENIMOS UN PRECIO Y QUEDE EN CONTESTAR.
ESTRECHÉ SU MANO TENDIDA  -CALLOSA Y ENORME-  Y SENTÍ SU FUERZA EN LA MÍA.  
CON INFINITO  PLACER Y GRATITUD ME LEVANTÉ DEL ASIENTO Y LO SALUDÉ PARA RETIRARME LUEGO.  HABIA TENIDO LA MEJOR LECCION DE VIDA EN MUCHO TIEMPO.
LE PROMETI UNA PRONTA VISITA QUE AUN ESPERA…Y ME LO REPROCHO.
DESDE ENTONCES NUNCA MAS HABLE DE DISCAPACIDAD CUANDO HABLAMOS DE CIEGOS.   SUENA MUY CRUEL. Y, ADEMÁS, VEN CON EL ALMA…!

OLOR A VIEJO



Cuando en una sociedad  los niños y los viejos parecen sobrar,  Lo extraño  es que no lo advertimos cuando la vida nos sonríe o como si la ventura fuese eterna. Abuelos sólo acompañados de su sombra,  de su bastón  y de sus recuerdos;  niños que deambulan por la calles, hurgando  en la basura buscando restos de comida para el “desayuno” de ese día o pidiendo “limosnas”, las  que van a servir -tal vez-  para que sus progenitores sacien sus vicios  y den rienda suelta a sus placeres más reprochables  o desaten sus instintos,  deleznables  y oscuros, de los que en ocasiones son los pequeños sus  víctimas.  Suponer que “a nosotros no nos va a tocar”, es propio de ilusos.  Los ejemplos sobran y, a diario, se dan situaciones que nos duelen y nos agreden de alguna forma. Porque no  echarle una mirada a la  convivencia para preparar una  mejor para nuestros hijos?

jueves, 21 de julio de 2011

Bernacho...vivia borracho !

"Bernacho" era un vecino de Comandancia Frías que conocimos apenas nos instalamos en la Escuela Nº 780. Solía venir todos los días pero no a tomar clases en adultos, sino a buscar agua para su mate y su cocina. Siempre supusimos que la dureza con que se expresaba respondía a la soledad que lo abarcaba.
No molestaba mas que para eso por lo que de algún modo se había ganado nuestro aprecio.
Trabajaba mucho a las órdenes de quien lo alimentaba de trabajo y de lo suficiente para sobrevivir: Tío Nelson, esa era la forma en que todos lo consideraban, era el dueño del transporte, de las mercaderías, de las deciciones y de la suerte de todos lo vecinos. Robusto y mas bien bajo, ensayaba todo tipo de artes para hacer negocios. Bromista permanente, solía contar "cosas" de Bernacho que lo pintaban de cuerpo entero. Era carrero de Nelson cuando comenzó a trasladar productos de la zona hacia Salta y regresaba con mercaderías y pedidos de los mas diversos. Días de marcha que solían presentar dificultades de todo tipo.
Alguna vez, sin agua para tomar, buscaban un pozo que decían podía guardar algo en su fondo. Tardaron en hallarlo pero lo lograron cuando mas apretaba la sed y el sol quemaba encima de sus cabezas. Saltaron del carro para clavar los ojos en el fondo del pozo esperando ver el brillo del espejo del agua. Algo aparecía pero no faltaban ramas, baldes oxidados, e incluso algo que parecía una caja de cartón arrojada adrede. Enseguida tiraron el gancho en el extremo de una soga de atar la carga. Debían descubrir bien el fondo para tirar el balde.
Lo que creyeron era una caja, fue un cuero de obeja que seguramente habrían carneado junto al pozo. En contacto con el agua -escasa por cierto- y el calor pronto se lleno de querezas y gusanos. Del olor que emanaba desde el pozo , y en la superficie era insoportable para cualquiera, aunque estee muriendo de sed. Nelson desistió de beberla, pero Bernacho se llevo el balde a la boca como si la sacó fresca y de la nevera.
-Jamás supo de enfermedades- solía decir el "patrón" cuando hablaba de él.
Bernacho sonreía y fregaba el estómago por debajo de la camisa "de siempre". Entonces decía: -sólo tenía un poco de sed !

miércoles, 5 de agosto de 2009

Historias del Impenetrable chaqueño...

Comandancia Frias. Solo recordaba que después de una curva muy amplia se avistaba un descampado que se recostaba a la margen derecha de este estrecho curso de agua de curioso comportamiento y al que no podíamos divisar desde la ruta por la que accedíamos y el monte que hacia el poniente cerraba el escenario.

Según la estación del año aquél riacho, con los deshielos, aporta un mayor caudal al punto que los pobladores del lugar lo usan como sistema de riego para las tierras que cultivan después que la crecida las inundaran naturalmente. Con la bajante aprovechan para cercar el perímetro con ramas, postes y palos a pique, -ramas espinosas de ser posible- todo muy precario pero efectivo, para evitar el ingreso de animales vacunos, equinos, domésticos y silvestres cuando levante el sembrado.

La escuela era de construcción diferente al resto de las viviendas, tal vez por eso se destacaba, y representaba el único modelo de progreso en aquel lugar. Todo aparecía como muy deteriorado, frágil incluso abandonado, aunque se apreciaban cocinas humeantes o ropa tendida sobre las plantas como síntoma de ocupación. Era como si el tiempo se hubiera detenido indefinidamente. Solo algunas de las viviendas dejaban traslucir cierto esmero en su aspecto y presentaban alguna de sus paredes rebocadas.

Parecía estar sola en medio de un paraje casi desolado. Sin embargo algunas casas se descubrían cada tanto en los claros del monte, arrinconadas o como escondidas, pero todo a suficiente distancia del edificio escolar, como buscando ganar en intimidad. O para esconder las miserias de cada hogar. Ambas cosas sobraban: espacios y miseria.
A medida que nos acercábamos, la enorme silueta de un árbol inmenso convocaba nuestra admiración. Imaginé un ombú en la inmensidad de las pampas. Después supe que era un ejemplar de Francisco Alvarez, y era lo único que servía como “cobijo” para los pobladores que llegaban al lugar en procura de algunas mercaderías al almacén de Don Nelson Soto, singular personaje que había elegido quedar allí continuando la historia familiar; o de aquellos que en tiempo de clases ataban sus burros, cabalgaduras o incluso dejaban sus bicicletas a reparo.
El tronco de esa especie es el preferido de los artesanos para construir el bombo salteño, pues su madera es fibrosa, blanda fácil de trabajar y de dimensiones ideales. Realmente era enorme y sus raíces, como las del ombú emergían del suelo. A partir de él se extendía una meseta que terminaba en la barranca del propio río. Después supimos que allí se levantaba, en épocas de la conquista, el Fortín de Comandancia Frías. Se hallaban botellas, cápsulas de balas de viejos fusiles de un disparo, empuñaduras de sables; y restos que se vinculaban a un pasado muy diferente a éste que nos trajo ahora. Durante los días de lluvia, quedaba definido a ras del el piso todo el trazado de lo que eran las dependencias del fortín.
El panorama era deprimente en aquel mes de agosto de mil novecientos ochenta y uno.
Allí estábamos nosotros con los cuatro hijos, trepados a la vieja Chevrolet l974, en la que confiábamos plenamente. Yanina ya tenía tres años, Silvi y Pao apenas dos, y Marcelo -el último- aún renegaba tratando de caminar y ya había pasado los siete meses...
Desde algunos ranchos nos saludaban efusivamente. Otros pobladores se mostraban indiferentes y continuaban con sus tareas.
El perímetro de la escuelita estaba delimitado por un alambrado de casi dos metros de altura, visiblemente remendado pero en condiciones, como si asegurarlo era imperioso. Con el tiempo pudimos descubrir cuáles eran las razones de tanto celo.
Alrededor del mástil solo plantas de espinas, algunas yucas y lenguas de suegra. Lili, había olvidado mencionarla, enseguida pensó en flores o plantas ornamentales y más consecuentes con el propósito de adornar un mástil para la bandera. Un enorme algarrobo dominaba el portón de acceso a la escuela. El local escolar era de una variedad de viviendas pre-fabricadas y disponía de dos salones paralelos y lo que sería nuestra vivienda familiar: dos habitaciones, una cocina comedor y un pequeño baño instalado que no tenía el servicio de agua porque se lo habían llevado sus antiguos moradores, todo en un mismo pabellón. Porqué se llevaron el equipo de bombeo? En lugares así se conocen las fortalezas del hombre pero también las más profundas de las miserias.-
Todo lo plantado parecía contrastar con el viejo edificio de la antigua escuela, a escasos veinte metros de la actual, construida en ladrillos pero asentada en barro, revocada y de techo también de chapas. A instancias del primer Director designado allí, la había construido los pobladores. Aquél docente llegó al lugar desde la Provincia de Salta, porque entonces era imposible acceder desde Juan José Castelli, pues solo había caminos (¿caminos?) hasta el Paraje La Bomba, poco más de noventa kilómetros hacia el sudeste.
Hacia atrás, dos baños en paralelo -varones y mujeres- aseguraban el servicio sanitario de la matrícula escolar cuyas cifras hasta el momento nos eran desconocidas.
Algunas plantas de frutos extraños se erguían en distintos puntos del patio, y entre ellas dos plantas de vinal, cuyas espinas de casi veinticinco centímetros de largo se perdían entre las hojas de los enormes gajos que casi rozaban el suelo.- “habrá que podarlos porque son un verdadero peligro me dije.
Los frutales eran de “sacha pera” (parece pera) o “sacha naranja” (parece naranja) , ambas muy tentadoras para los pájaros y especialmente para los patos picazos que desde el norte bajaban a la zona para aparearse y reproducirse.- Después abandonaban el sitio regresando al norte , cuando las lluvias hacían lo mismo.-
Solo en una ocasión había estado allí pero recordaba con certeza, algunas comodidades que ahora ya no estaban. Por ejemplo, un motor villa que con un pequeño generador les proveía de luz eléctrica a la casa y permitía el funcionamiento del equipo de bombeo. Aparentemente era de su propiedad.
Un pequeño galpón que albergaba algunos animales domésticos tampoco estaba. Prácticamente lo habían desmantelado...
Incluso, el espejo de agua donde había podido disfrutar de algunos ejemplares de aves silvestres y que estaba delimitada en todo su perímetro por un alambrado había quedado abandonada a su suerte. Los animales tampoco estaban. Todo parecía indicar que se habían propuesto dificultarnos las cosas, pero no nos conocían...
Era necesario templar el espíritu, arremangarse y afrontar lo que venía.
Cuando nos preguntaban por qué estábamos allí, respondíamos sencillamente: -estamos haciendo nuestra casa en Barranqueras. Y el salario lo justificaba. Habíamos decidido permanecer en la zona para completar el sueño de la casa propia y el sueldo en aquel lugar se incrementaba entonces en un doscientos por ciento. Si había alumnos suficientes podríamos aspirar a un doble turno o incluso a dos.-
La corta edad de los hijos nos permitiría privarlos de tantas cosas como uno pueda imaginar.
No privarlo de lujos. Hablo de cosas elementales: de una golosina, un helado, una crema, manteca, algún chocolate, ropas nuevas.
La “blanca,” así llamaba a mi camioneta, aún estaba cargada con todos nuestros bártulos. Hacia ella fuimos entre bromas y cargadas con los chicos del Fuerte que nos habían acompañado hasta allí y que amenazaban quedarse: Chipa Maza y Walter Mercado. También teníamos a Zuny, una joven que habíamos llevado cuando nacieron las melli, dos años antes, y era la que las cuidaba cuando dábamos clases.-
Una vez que acomodamos las habitaciones y dispusimos las mercaderías en su lugar ya caía la tarde. Salimos al patio y disfrutamos de una imagen que pocas veces se presenta, pero que en la zona con el tiempo disponible, la soledad y el silencio reinante, se constituye en un privilegio: el crepúsculo teñido de una variada gama de rojos y naranjas ardiendo en el horizonte , fundiéndose tras la silueta del monte , a esa hora ya a oscuras, y algunas nubes de formas increíbles en las que se pueden descubrir extrañas figuras y, a la vez sentir una especial sensación mezcla de asombro y felicidad...
Nos quedamos un instante tomados de la mano buscando aliento y confiando en Dios.- Los hijos correteaban a nuestro alrededor como cómplices involuntarios de una aventura que recién comenzaba...
Estábamos en Comandancia Frías, a unos noventa kilómetros al noroeste de Fuerte Esperanza, localidad que nos acercara hacia el impenetrable cuando Yanina tenía solo seis meses de vida. Ahora eran cuatro terribles alegrías.

Este lugar no solo era más lejos que aquél. Nada tenía de sus comodidades, ni de sus posibilidades ni de su gente. Estábamos más aislados de todo lo que pasaba hacia las localidades del norte, la más populosas y activas como Misión Nueva Pompeya o El Sausalito. Todos elegían rutas más cortas más seguras y mejor dispuestas para un viaje que, por aquellos lugares, podrían presentar algunas sorpresas...Se sabía cuando se iniciaba el viaje, pero no se podía asegurar cuando terminaría.
El fuego me entregaba todos los matices imaginables. Desde los azules, amarillos, naranjas, lenguas de distinto tamaño se soltaban al aire. Estaba absorto por esa extraña belleza que uno solo puede admirar por allí. En silencio, pensando en aquellos acontecimientos que merecían su atención o que interesaban realmente. Es bueno estar a veces a solas con uno mismo y, aunque no siempre lo hacemos, resulta muy placentero y comprometido. La conciencia no nos miente...ni nos distrae.
Lili se acercaba con algunos mates mientras el horno terminaba su tarea. Un tacho partido en medio, con una improvisada rejilla que pasaba de lado a lado, justo a media altura. Allí se apoyaban las fuentes o los recipientes con los alimentos a cocer. El calor necesario se elevaba desde la misma tierra donde se había encendido la fogata y se completaba con las brasas que se habían abierto previamente para apoyar el tacho. A su alrededor, justo en la base, con algo de cuidado y algún olfato culinario, se hacía un cordón de brasas que aseguraría calor por algún tiempo. Después se reponía tantas veces como fuera necesario. La tapa era parte del mismo tambor cortado de manera tal que pueda apoyarse en la parte superior. Sobre ella también se agregaba brasa suficiente, cuidando de no excederse porque arrebataba la cocción.
Era todo una odisea y, en realidad, vivir en estos escenarios es siempre un desafío. Lo difícil es hacerlo agradable y placentero. Si no se tienen alternativas, soportarlo.
Cuando nos disponíamos a disfrutar de nuestra primera cena, una lejana copla se dejaba oír brotando desde el monte. Aquella entonación tan peculiar y de características tan especiales, era muy común para el norte.
Para el Chaco, así se expresaban los lugareños cuando se referían al rumbo sureste, prácticamente se desconoce. O ignoraban que pertenecían geográficamente al Chaco, o era una manera de definir su afinidad con la Provincia de Salta o la misma Santiago del Estero más al sur. Ya habría tiempo para descubrirlo...
El improvisado “coplero” se iba acercando a juzgar por la claridad con que ahora se oían sus versos:

“En la puerta de mi casa /
tengo una piedra filosa.
Cuando pisa mi caballo /
retumba en Chile y Mendoza”.

Jamás la olvidé. Es más, creo que es la única que recuerdo de tantas que pude haber oído en todo ese tiempo...
Aguedo, ese era el nombre de nuestro visitante. No era, a decir verdad, una visita de cortesía. Se especulaba con nuestro arribo al paraje y, aunque algunos ya nos conocían por referencia, -ya llevábamos tres años en la zona y pese a las distancias todos se conocen- este no era el caso de “Aguedito” como le decía Doña Dorila, la mamá...
Había oído la marcha de la camioneta hacia la tardecita llegando a Frías y supuso que era la nueva “Diretora”.
Enseguida, merced a su locuacidad, inédita o poco frecuente en los pobladores del norte la charla fue desatándose y, aunque nos resultaba difícil entender algunos giros expresivos recorrimos imaginariamente el lugar. Mientras tanto el cabrito fue tomando el peculiar color del asado irremediablemente., y acompañó nuestros comentarios.
Conocimos los personajes más conspicuos, los más solidarios y los más mezquinos. Pudimos confirmar -enseguida- que la gente es igual en todas partes. La diferencia es la educación que han recibido...
Comía con avidez pero como cuidando las maneras. Era muy delgado de pómulos marcados y ojos enormes. Huesudo en extremo llamaba la atención el largo de su cuello, más aún porque la cabeza era relativamente pequeña. Cuando sonreía, y lo hacía con frecuencia, dejaba ver una dentadura de generosos incisivos y del resto solo algunos conservaban su apariencia y lucían blancos; los demás visiblemente dañados por una alimentación inadecuada, insuficiente y la falta de higiene.
La piel era oscura en exceso, casi quemada y de una textura muy peculiar como tensa, ajustada a los huesos.
Prometió volver al otro día y, mientras abandonaba el lugar después de despedirse efusivamente apenas se perdió en las sombras de la noche, dejó oír una nueva tonada...Mientras disfrutábamos de ella comprendí porque la copla tiene tanto de dolor, angustia o soledad. Los escenarios la alimentan...
Chipa y Walter ensayaban bromas sobre las expresiones de nuestro ocasional visitante y desataban la risa cómplice de todos.
Para quien se acerca a estos confines podrá advertir de inmediato que, aunque no haya una barrera física que los separe de nuestra realidad, hay una barrera cultural que es mucho mas sólida de lo que se pueda estimar.

"Pobre hijo mío"

-Pobre hijo mío-

Fue lo último que escuché decir a papá. Junto a la cama, estaba mi hermana tomándolo de la mano. Eduardo permanecía de pie pegado al respaldo de aquel lecho que habíamos improvisado buscando aliviar ese intenso dolor que lo atormentaba desde hacía ya varios días, sin quitarle la vista de encima y como esperando aquel momento fatal.
Por la ventana que estaba a sus espaldas entraba la luz que iluminaba tenuemente una escena que todos sabíamos habría de presentarse y que sin embargo acaba por sorprendernos.
Permanecíamos en silencio como revisando nuestro pasado de discordias y desencuentros. Nadie decía nada, al menos en voz alta. Mi hermana oraba por lo bajo mientras acariciaba las cuentas del rosario que sostenía.
Papá, parecía haber esperado hasta el último aliento de vida para vernos a los tres juntos y, una vez que estuvimos así, comenzó a respirar mas espaciadamente, más profundo, más lentamente. Luego se dejó morir...

-Se apaga- dijo María del Carmen...

Iban a ser las quince horas, no recuerdo bien...Quedó mirando el fondo de las cosas y, sin una sola queja -nunca lo oí hacerlo- se fue quedando muy quieto.
Aquellos ojos celestes verdosos recogían las últimas imágenes de este escenario que lo había cobijado desde la muerte de mamá.
Íntimamente deseé que el reencuentro con mamá sea lo más pronto posible porque, aunque no lo reconocía, la soledad fue minando su espíritu dicharachero, jocoso y vital. Permanecía en silencio, pensativo, solo, y quieto.
Quería llegar a los noventa años. Se había hecho esa promesa desde que junto a sus hermanos festejara el cumpleaños de la Tía Negra en Rufino, en el extremo de la Provincia de Santa Fe.
No pudo ser... Quedó a las puertas de ese compromiso.
Desde el fallecimiento de mamá quedó viviendo en casa. Para cualquier hijo es una difícil experiencia. Aún cuando produjo un vuelco radical en las rutinas de mi hogar, y requirió de todos una gran cuota de comprensión, resignación, solidaridad y respeto a una decisión que ya no tenía regreso.
Fueron cuatro años en los que en verdad conocí mucho mejor a mi padre. El accidente en el que se fracturara la cadera, un día después de sepultar a mamá, sus movimientos quedaron limitados y ya no pudo desenvolverse solo, como entendía debía ser. Tuvo que aceptar que lo aseara bajo la ducha; lo afeitaba, y lo ayudaba a movilizarse por toda la casa.
Reíamos con frecuencia por todo esto y, aunque mostraba algunas flaquezas en determinadas ocasiones, lo alentaba a seguir en el entendimiento de que lo que Dios haya dispuesto debe ser aceptado con resignación.
A menudo lo descubría llorando y eso lo avergonzaba. Ahora pienso que tal vez debí haber sido un tanto más contemplativo en ese sentido pero, al momento de decidirlo, no había lugar ni tiempo para analizar los procedimientos y los pasos a seguir.
No quería que cayera en una depresión inmanejable e intentaba sostener su autoestima elevada, así las cosas serían más sencillas.
Cuando se lo reprochaba solo decía:

- “Perdóname, hijo...”

Todo ese tiempo fuimos aprendiendo –juntos- a vivir de otro modo a la vez que alentaba una relación que terminé agradeciendo. Además me sirvió para estrechar los vínculos con mi único hijo varón, de casi veinte años, y con el resto de mi familia.
Esta circunstancia, inesperada por cierto, le otorgó al vínculo familiar valores que hasta ese momento no había descubierto en su totalidad.
Mi esposa advirtió la necesidad de aliviarme la tarea y aportó de si todo lo que pudo, y se lo agradeceré infinitamente.
Papá era un tipo cautivante, aparentemente seguro de sí mismo y que parecía no necesitar de nadie. Sin embargo, en las situaciones de difícil solución lo atormentaban.
Fue reconfortante verlo llorar alguna vez porque fue la forma de descubrir que eso también era cosa de hombres. Y yo no tenía dudas de su hombría, como tampoco de su honestidad, de su generosidad y de su sensibilidad.-
¡Cuánto admiré en el cúmulo de historias y vivencias que compartía generosamente con quien quisiera oírlo! Reiteraba cada una con puntillosa claridad y una fidelidad que sorprendía. Tenía cosas para contar porque las había vivido...¡ intensamente!
No había rincón o lugar que le resultara desconocido como si a medida que fue viviendo, marcaba su territorio. Así, llegar al punto más recóndito y no hallar algún compañero de trabajo, jugador de fútbol, algún humilde hachero con los que no se diera un abrazo, un apretón de manos y soltara sus carcajadas tras un chiste o un comentario irónico, eran una constante...
Nunca se le habría ocurrido escribirlas o no hubiera podido. Si bien se leía todo lo que podía o lo que juzgaba de su interés, la sucesión de rudos trabajos que desempeñara a lo largo de la mayor parte de su vida, le habían endurecido las manos. Ya solo lograba firmar con cierta soltura y solo mantenía cierta solvencia con las matemáticas.
Eso es -tal vez- lo que me mueve a ésto. O quizás el respeto y el afecto que le tuve. Por la enorme generosidad que mantuvo con todos. Por agradecimiento simplemente. Porque, aunque no fue un triunfador en los términos de una sociedad que se torna cada vez mas hipócrita y egoísta. Por nunca nos sobró nada pero tampoco nos faltó. Porque aunque solo supo de esfuerzos y trabajos duros dejó este mundo con una sonrisa, hasta el último momento.
Tengo la mitad de sus años y siento que las cosas vividas, las anécdotas recopiladas y los escenarios que transité, merecen algunas horas diarias frente al teclado del procesador para volcar todo aquello que mi memoria haya preservado sin esfuerzo, para que lo compartan en el seno de mi familia, con los nietos. Para que lo aprecien aquellos chicos del vecindario en mi recordado Machagay.
Los compañeros del colegio; amigos que cultivé a lo largo de estos cincuenta años; los enemigos que siempre tienen su lugar aunque no lo merezcan, y aquellos que, cuando te oyen contar ciertas historias solo se les ocurre preguntar: “¿SERA CIERTO?”



Tomada la decisión de escribir resta ordenar lo que merezca ser contado. No interesa, por lo menos así me parece, el orden cronológico. Prefiero desatar aquellas que me han conmovido, vincularlas con las enseñanzas de aquellas personas que me ayudaran a crecer aunque no sean “mi familia” y dejar que quienes decidan leerlas se emocionen , rían o -simplemente- disfruten como yo.
Hace algunos días, releyendo una carta que le habría de enviar a mis hijos en Buenos Aires, sentí unos irrefrenables deseos de llorar. Me había superado la nostalgia y supuse que lo que me acontecía, era también una manera de ser feliz. Ojalá a los lectores les acontezca lo mismo con estos relatos.-